El futuro de cualquier proyecto de negocio está condicionado entre otros por el tamaño del mercado, es decir, la cantidad de consumidores potenciales de ese producto o servicio que pretendemos poner en el mercado. Lo cierto, es que en numerosas ocasiones, la calidad de ese mercado está  su vez condicionada por la cantidad de actores (competencia) que operan en el mismo, y prestan servicios similares a clientes habituales. En estos casos debemos optimizar nuestra propuesta de forma significativa, para competir con el resto bajo premisas de calidad o de precio. Sin embargo, lo que de verdad resulta exponencial, es encontrar un mercado en el que los “no clientes” son más numerosos que los “clientes habituales”. Estos mercados son realmente interesantes, ya que permiten crecimientos escalares si nuestra propuesta es capaz de convertir esa enorme masa de “no clientes”.

En el sector del deporte – salud, nos encontramos precisamente ante un mercado de “no clientes” muy superior al de clientes habituales; si nos ceñimos a los clientes habituales de centros fitness y wellness en nuestro país, encontramos una media del 18-20% de la población, y en consecuencia, un inmenso 80% de población como “no cliente”, un mercado de oportunidad para el sector deportivo que debería marcar el futuro a medio y largo plazo.

Este inmenso mercado de oportunidad, los “no clientes del deporte salud”, mantienen paralelamente una deuda social insostenible, si consideramos el gasto médico – sanitario asociado a personas inactivas físicamente; más de 53.000 muertes en 2017 por esta causa, y un ahorro estimado en gasto sanitario cercano a los 5.000 millones de euros en caso de un aumento significativo de la práctica física de la población, deberían ser razones suficientes para que existiera una apuesta firme, contundente y decidida por la promoción activa de hábitos de salud sanos por parte de los poderes públicos. Si se utilizasen desde los ministerios afectos en materia deportiva y sanitaria parecidos medios a los que usa el ministerio del interior en sus campañas de prevención de accidentes de tráfico, los índices de práctica física aumentarían de forma significativa, y en consecuencia, la ratio de mortalidad descendería notablemente, sin duda en mayor medida que el descenso anual de la cifra de muertos por accidente de tráfico.

Desgraciadamente, las muertes por inactividad física y por hábitos de vida poco saludables no impactan todavía en la conciencia colectiva. Estamos rodeados de “suicidios silenciosos” que pasan desapercibidos en nuestro entorno, no generan alarma alguna, aunque sean los responsables del colapso irreversible de nuestro sistema de salud público. Es hora pues de denunciar contundentemente esta dejación de las funciones de control y prevención de la salud pública por parte de los poderes públicos, con terribles consecuencias en muertes evitables, y en un gasto médico – sanitario insostenible. 

Posiblemente queden pocos profesionales de la salud que no reconozcan el tremendo potencial que la actividad física en general, y el ejercicio físico personalizado en particular, tienen sobre la prevención y mantenimiento de la salud de las personas; notable es la capacidad que tiene el ejercicio de ayudar y colaborar en la recuperación de la salud ante enfermedades y patologías de distinta gravedad. Por tanto, si esta premisa es irrefutable, no se entiende que no exista una estrategia decidida desde las autoridades sanitarias y deportivas para implementar la práctica física como elemento crucial en la mejora de la calidad de vida de las personas (como en su día lo fue la extensión de las vacunas para la erradicación de enfermedades de alta mortalidad). Y paralelamente, no se entiende que ante la previsión de colapso del sistema sanitario público por la demanda creciente de servicios de una población cada vez más longeva y envejecida, no se promueva el ejercicio físico personalizado como fórmula única y eficaz para reducir la demanda futura de actos médico sanitarios.

Por tanto, este inmenso océano de “no clientes habituales del deporte”, deberían ser objetivo diana de nuestro sector, este será sin duda nuestro mercado de futuro, y diseñar productos y servicios que los animen a convertirse en clientes será el cometido fundamental de nuestra industria. 

La industria del deporte en sentido amplio (desde el sector comercial del fitness, wellnes, el deporte federado, libre, de práctica, etc.) puede asumir una función social de enorme envergadura, como responsable de mantener buenos niveles de condición física y salud en las personas, de generar felicidad, de prevenir enfermedades crónicas derivadas de hábitos nocivos, de reducir en consecuencia el altísimo coste sanitario de las personas inactivas, etc. Debería pues de contar con toda la consideración y la ayuda desde las instancias públicas oficiales, de múltiples formas: reducción impositiva, campañas de promoción y formación para toda la población, bonificaciones y ayudas directas a la práctica, incorporación del profesional del entrenamiento debidamente titulado y formado como profesional médico sanitario, etc. 

Sin embargo, y a pesar de la lógica y coherencia de estos argumentos, defendidos por nuestro sector desde hace decenas de años, secundados y refutados por la ciencia médica, rentables por el ahorro que supondrían como ninguna otra medida para sostener el sistema, no terminan de impactar con la gravedad y contundencia necesaria entre nuestros representantes políticos. ¿Cuántas muertes serán necesarias para concienciar a la población y sus políticos? ¿Qué nivel de colapso sanitario será preciso para adoptar medidas en la línea propuesta?

Pronto habrá elecciones, sería un sueño que algunas de estas reflexiones pudieran alumbrar medidas y propuestas en los “sesudos“ programas de nuestros representantes políticos, ya que pocas cosas tiene un poder de acción tan transversal y democrático como el deporte.

Felipe Pascual